Neocolonialismo, democracia y migración

El origen del problema

Hace siglos que occidente inició su expansión imperialista hacía lo que hoy en día llamamos tercer mundo, países subdesarrollados o directamente países pobres. En aquel entonces, la estrategia era mandar tropas armadas a explorar y dominar nuevos territorios en busca de riquezas y recursos para el país que financiaba esas campañas.

Durante todo ese período no hubo reparos en invadir por la fuerza territorios ya poblados, llegando a exterminar, adoctrinar o esclavizar a la población autóctona (si hiciera falta) en nombre del “progreso” o de la fe. Aunque es innegable el hecho de que se impulsaron avances tecnológicos y sistemas democráticos en algunas colonias, estos pierden toda buena intencionalidad al estar claramente enfocados a favorecer los intereses comerciales de las metropolis.

Con el tiempo, el alto coste resultante de transportar y mantener grandes ejércitos más allá de las propias fronteras empezó a ser un problema. El uso de la fuerza para mantener el “orden establecido” comenzó a resultar insuficiente ante las revueltas populares que tuvieron lugar en las distintas colonias (los llamados movimientos de liberación nacional). Revueltas que acabaron por lograr finalmente, en mayor o menor grado, la independencia política pero no la económica.

Este suceso es clave para entender lo que hoy en día se conoce como neocolonialismo o colonialismo ecónomico. Las ex-colonias, al mantener un grado de dependencia económica elevado con las antiguas metropolis, acabaron estableciendo una nueva forma de colonización -políticamente “democrática”- basada en el comercio internacional (materias primas baratas y condiciones laborales pésimas) y la deuda externa.

Nada que extrañar de un sistema de mercado globalizado, diseñado y dominado por las grandes fuerzas de occidente (ex-metropolis), donde las políticas económicas suelen ir encaminadas a afavorecer a los países desarrollados en detrimiento del resto. Unas políticas que son muy determinantes a la hora de hablar del fenómeno de la migración.

El problema hoy

Cuando hay miles (o millones) de personas que no pueden cubrir ni siquiera sus necesidades más básicas en su país de origen, no debería sorprendernos el augmento de olas migratorias que estamos presenciando en el sur de Europa, tema muy caliente a raíz de las recientes imágenes que nos llegan de Ceuta y Melilla.

¿Y cuál es la reacción de nuestros correspondientes gobernantes ante tal situación? ¿Hacen autocrítica de las políticas de cooperación internacional? No, simplemente acuden a la Unión Europea solicitando más recursos para parar la entrada de inmigrantes. Como si instalar vallas más altas y punzantes en las fronteras o poner droides a patrullar el Mediterráneo fuera a resolver el “problema” migratorio.

Además, por si no fuera ya suficiente dura la travesía para entrar en Europa, ¿cuál es la situación del inmigrante cuando llega?

Nuestros gobiernos criminalizan a personas que se juegan la vida, saltando vallas o cruzando el mar en pateras, en busca de una oportunidad para vivir dignamente como haríamos cualquiera de nosotros en su lugar (pura supervivencia).

La mayoría de democracias (por no decir todas) tienen fuertes leyes de inmigración, que permiten la expulsión del país y limitan derechos al colectivo inmigrante. Es curioso ver tantos esfuerzos y emfasis en “protegerse” de la llegada de inmigrantes, cuando la solución pasa por el país de origen y no por el de “acogida”.

La solución es compleja

El tema de la migración es muy complicado debido a muchos factores, de los cuales destacan el modelo socioeconómico y la huella ecológica derivada del mismo como los más determinantes. ¿Qué capacidad económica y ambiental tiene un territorio a la hora de absorver más población? Díficil respuesta pero que, a día de hoy, con los datos de que disponen los Estados modernos, seguramente se pueda hacer una estimación fiable. Otro tema aparte sería la necesidad de un cambio de modelo para mejorar esas estimaciones.

Aunque a día de hoy, estamos viviendo la paradoja de que mientras “tememos” la entrada de inmigrantes, se está produciendo una salida en tromba de inmigrantes y, conscuentemente, un descenso de la población. Así pues, por una regla de tres simple e independientemente de los programas de planificación familiar y salud reproductiva, entonces sí que sería posible plantearse la llegada de nuevos ¿no?

En el contexto de crisis sistémica actual, donde países occidentales como el nuestro no son capaces de garantizar los necesidades básicas de su ciudadanía (autoctona o extranjera), es normal que la gente “huya” o se “exilie” en busca de nuevas oportunidades. Curiosamente, lo mismo que hacen los inmigrantes que intentan cruzar la frontera de Ceuta y Melilla.

Al final, todo converge en un mismo problema, un sistema que no permite a las clases trabajadoras desarrollarse y emanciparse de las clases dominantes (tanto aquí, como allí), generando un malestar a nivel nacional y internacional.

Aquí tenemos que aprender a autoorganizarnos para no depender de las grandes multinacionales, a través de cooperativas de trabajo y consumo por ejemplo, y en la medida de nuestras posibilidades demostrar nuestra solidaridad internacional mediante programas de cooperación dirigidos directamente a la población de los países menos desarrollados (sin intermediarios gubernamentales).

La cruda realidad

Actualmente, no oigo a casi nadie quejarse de que haya “pakis” y “chinos” abiertos casi las 24h, marroquís o indios transportando bombonas de butano a peso, latinoamericanos cuidando de personas dependientes o norteafricanos recogiendo fruta en los campos. No hace falta ser muy avispado para darse cuenta de que los trabajos más duros y precarios recaen en el colectivo inmigrante, por un salario indecente la mayoría de casos, para que luego encima nos quejemos de que vienen aquí a “invadirnos”, cuando en realidad les estamos privando de cualquier oportunidad en su tierra de origen. Cinismo en estado puro.

Nuestro bienestar es a costa del sufrimiento de otros pueblos y nuestro silencio y pasividad nos hace complices de nuestros gobiernos. Hemos de hacer autocrítica de nuestro papel en todo este fenómeno migratorio y asumir responsabilidades al respecto; más aún cuando también estamos sufriendolo en nuestras propias carnes bajo el eufemismo de “movilidad exterior“. Un fenómeno que, aunque duela reconocerlo, seguramente se agravará en el futuro con la puesta en escena de los llamados países emergentes o BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) y el Tratado Transatlántico de Inversión y Comercio (TTIP) si llega a prosperar.

En definitiva, la solución a los flujos migratorios “forzados”, en el contexto de globalización actual, pasa por una ruptura con el sistema económico a nivel internacional (un escenario lejano, a simple vista inalcanzable) pero eso no nos ha de desmotivar en absoluto, empecemos a actuar a nivel local y, en palabras de Gandhi, “seamos el cambio que queremos ver en el mundo”.

Pepe

 

[Nota sobre la inmigración y el tema religioso]

En los últimos años se ha ido extendiendo un temor derivado de la inmigración de origen musulmán, seguidores del Islam, sobretodo en el ambito político más cercano (municipios), donde han crecido tímidamente partidos xenófobos y racistas. Esto sucede en gran parte por la influencia de los medios de comunicación, que suelen asociar a este colectivo con el terrorismo yihadista y las teocracias de oriente próximo.

Obviamente, no todos los musulmanes son iguales y lo mismo sucede cuando hablamos de cristianos, judíos, budistas, etc. Aunque ello no quita el temor de la ciudadanía a que una autoridad religiosa (del signo que sea) quiera imponer su fe y sus creencias a toda la población a través de la Ley.

La solución a estos miedos pasa por establecer el principio de laicidad como pilar básico de la política y la educación. Laicidad no es sinónimo de ateísmo, como algunos nos quieren hacer creer, es sinónimo de respeto a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión (art 18 de la declaración universal de DDHH). La religión debe ser una práctica de la esfera privada y no una imposición a base de decretos como sucede actualmente en temas como la educación, el matrimonio homosexual, el aborto, etc.

Si logramos que esto sea así, conseguiremos eliminar uno de los grandes problemas de convivencia de la sociedad actual y avanzaremos juntos hacía un mejor entendimiento entre las distintas culturas que la componen (respetando la diversidad y la pluralidad de las mismas).

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